Inseguridad: cosa de mujeres
La inseguridad es tal vez una de las cargas más pesadas que tiene que llevar quien la siente. Es muy fácil que aparezca para poner la zancadilla ya no sólo en el desarrollo del día a día y en la toma de decisiones, sino para manifestación de cómo se es. Para ser como es una auténticamente.
La inseguridad te hace sentir incómoda en tu piel. Te hace dudar de todo, siendo la más dolorosa de las dudas la que recae en una misma. Se siente como un ojo en la nuca que te mira constantemente y te hace sentir pequeña. Que te hace sentir que tu parte buena no es para tanto, si es que te deja verla. Que te resta un poco de valor.
Y aquí radica uno de los puntos en los que se sostiene la inseguridad: la poca valoración de una misma o incluso la incapacidad de ver la parte buena que tenemos. Nos hace mirar nuestra parte buena como “algo no tan especial” o nos lleva a no verla, directamente. Nos hace sentir que nuestra parte positiva es algo a lo que es mejor no darle tanto valor, por lo que es mejor no dejarse encandilar, porque no es para tanto.
Esa sensación de que mi parte buena “no es nada del otro mundo” o incluso de algo que llegué a pensar yo durante largo tiempo “sencillamente soy como se tiene que ser” es una distorsión de la mirada hacia una misma que oculta una poca valoración. Pensar así es una simple aceptación de la parte buena (cuando se llega a ver) pero no una auténtica valoración de ésta. Y es que si hay algo que está debajo de la inseguridad es una autoestima pobre.
Y aquí entramos en un terreno bien grande y vasto: el autoestima en las mujeres. Somos muchas las que no tendemos a valorarnos como deberíamos hacerlo (yo no siempre lo consigo). Y que esto sea un asunto tan global en nosotras es de todo menos una casualidad. Porque para quererse hacen falta, fundamentalmente, dos cosas: saber mirar hacia una misma y saber valorarnos bien. Y por norma general no se nos enseña a hacer ninguna de las dos cosas, con lo que las papeletas que tenemos para que, por ser mujer, seamos inseguras, son muchas.
A las mujeres se nos educa para tener la mirada puesta en los demás. Se nos educa en el rol del cuidado, en la empatía, en el amor, en el dar. Y todo esto, que no tiene nada de malo -al contrario, el mundo necesita más amor y más cuidados y más empatía- solamente se fomenta de una hacia los demás sin pasar esa misma mirada, sin tener esas mismas consideraciones, hacia una misma. Se nos educa en un dar infinito pero no en un darnos. En amar pero no amarnos. En comprender pero no en comprendernos. Y a su vez desde el exterior se nos ponen una serie de exigencias en lo que nosotras somos que apuntan siempre hacia la insuficiencia: tienes que hacer más, estar más bella, ser más delgada, aprender más recetas, ser más sexual. Nunca somos suficiente. Y así la mirada que construimos hacia nosotras mismas es desde esa insuficiencia que nos dicen que tenemos. Aprehendemos esa mirada externa que nos dan y la incorporamos sin darnos cuenta hacia nuestra propia mirada.
¿Cómo no vamos a sufrir de inseguridad si nuestra parte buena la consideramos mejorable? ¿Cómo vamos a confiar en nosotras mismas si no desarrollamos una mirada de cariño hacia lo que somos? ¿Cómo hacerlo si no nos enseñan, en un contexto en el que nos dice que tenemos que ser mejores que lo que somos, más guapas, más capaces, con menos kilos y más desparpajo? ¿Y cómo se supone que vamos a mirar hacia nosotras mismas si se nos dice que tenemos que ser para los demás? ¿Cómo serlo si no te enseñan y te dejan en un entorno que tampoco lo propicia?
Una de las consecuencias es que nos solemos mirar desde la crítica y no desde la valoración. Y sin una mirada limpia hacia nosotras mismas que no se centre solamente en los fallos o “en lo que falta” es muy difícil ser una persona segura de sí misma porque no apreciaremos lo que realmente somos, no veremos nuestra valía auténtica y es en ella en la que tenemos que creer para tener seguridad en una misma.
La seguridad en una misma se alimenta de la misma forma que crece la confianza hacia otras personas: conforme más las conocemos, conforme más nos demuestran, más creemos en ellas. Pero otro handicap cuando se trata de aplicarlo a una misma es que muchas veces somos de una manera o hacemos determinadas cosas a las que no les damos importancia. Tenemos una especie de ceguera hacia ello que nos imposibilita generar esa sensación de seguridad, de creer en una misma.
Esta inseguridad no sólo alimenta a la baja autoestima de la que surge, y por tanto afecta a la relación que tenemos con nosotras mismas, sino que afecta también a la relación que tenemos con los demás. Y es que el miedo a las valoraciones negativas por parte de otra gente, ese miedo al “qué dirán” no es más que el reflejo de la valoración negativa que hacemos de nosotras. Es muy difícil confiar en esa realidad de que nos aceptan y nos van a querer por quienes somos si nosotras no hemos aprendido a hacerlo hacia nosotras mismas. Porque no entenderemos por qué nos valoran, no sabremos de dónde vienen las ganas de los demás por vincularse con nosotras, y por tanto podemos entrar en la sospecha de que realmente no nos quieren o de que no somos tan importantes ni valiosas para nuestra gente.
Aunque suene a cliché, si no aprendemos a valorarnos es difícil que sintamos la valoración por los demás, no porque “si no te quieres tú no te van a querer” -ya que también se puede querer a gente con baja autoestima- sino porque aunque tengamos a gente en nuestra vida que nos aprecia, no lo vamos a ver. O lo vamos a cuestionar. No le vamos a dar el valor que realmente tiene. Por lo tanto no viviremos esa valoración de forma auténtica. Lo que a su vez alimentará la baja autoestima y la inseguridad subirá. Es como un bucle. Pero no es un bucle irrompible.
Tampoco voy a decir que romper con la inseguridad sea cosa de dos días. Es difícil, mucho. Y siempre querrá volver a aparecer ese ojo en la nuca. Y siempre tendremos las presiones externas que nos señalarán que algo nos falta. Y se nos seguirán enviando mensajes para que miremos solamente por los demás y nos dejemos a nosotras en segundo plano, educándomos permanentemente en un ser-para-otros. Pero esto no implica que no podamos trabajárnoslo.
Lo primero es dejarnos de minimizaciones y ver que lo que tenemos bueno, es de verdad. Y que no pasa nada por reconocerlo, no es ningún pecado el decir que eres buena en algo. No es de ser creída, es ser justa contigo misma. La humildad en el reconocimiento de nuestro valor no es nada buena para el autoestima. Y para acabar de creértelo mira en la gente que tienes alrededor. No importa que sea poca, esto no va de cantidades y no funciona así: “cuanto más valgo más gente tengo a mi alrededor”. ¿Crees que esa gente estaría contigo si no te apreciara? ¿Realmente? ¿Crees que tienen tan poco que hacer que van a “perder el tiempo” estando contigo si no te aprecian?
Yo ya dejé de pensar que mis cosas buenas no es que vengan de serie sino que hay un acto consciente por mi parte de mantenerlas y potenciarlas. Que lo bueno que yo tengo no tiene menos valor que lo malo, de hecho le puede y le supera, y es que estoy segura de que mi parte mala es una parte ínfima de todo lo que soy. Soy como soy porque me lo trabajo, porque yo elijo ser de esta manera. Mis cosas buenas las mantengo a conciencia y siempre intento limar las no tan buenas, por mí y por los demás. Todo ese es un trabajo que hago, aún a veces sin darme cuenta, y tengo que valorarlo como merece. Y lo mismo sucede con la persona que tú eres.


