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#OccupyLove, por una revolución de los afectos

#OccupyLove, por una revolución de los afectos

Artículo publicado originalmente en el nº 215 Periódico Diagonal y en su web el 05/02/2014. Fue el artículo más leído en web al día siguiente. Incluyo aquí la versión íntegra, sin los cortes, por otro lado, mínimos, de edición

#OccupyLove: por una revolución de los afectos

En una época especialmente intensa en reivindicaciones, resistencias, disidencias y debates, cuando tenemos el culo pelado de hacer asambleas, ocupar calles y plazas, plantar cara a las estructuras, reformularnos, y repensarnos, también la monogamia está llegando al centro del debate. La ponemos sobre la mesa y, al instante mismo de ponerla, saltan todas las alarmas. La monogamia parece un mal menor cuando nos estamos enfrentando al mismísimo Mal en mayúsculas, al capitalismo salvaje, a la precarización última de las vidas, a la destrucción del planeta mismo, al auge del fascismo, el regreso de las muestras explícitas de xenofobia, de homofobia, de transfobia, del patriarcado más brutal y sangriento. Sin embargo la monogamia o, mejor, el sistema monógamo, es una extraordinaria herramienta de control social que secuestra nuestra sexualidad y nuestros afectos y determina la manera en que construimos esos nuevos mundos a los que aspiramos. Y los construimos infectados con el gérmen mismo de las estructuras que queremos combatir.
El debate sobre la monogamia es incómodo, tal vez, porque afecta directamente a nuestros gestos cotidianos, a nuestras líneas de flotación, a esa “zona de seguridad” en la que entramos cuando volvemos de las revoluciones. Afecta al descanso de la guerrera. Y pone en juego el amor, algo tan desestabilizador y al mismo tiempo tan poco valorado por las grandes epopeyas donde es, si acaso, un premio de consolación. Las gestas heróicas se hacen en los espacios públicos: también es allí donde se ganan las medallas y las posteridades. En los espacios privados suceden las cosas pequeñas y discretas, que nunca pasaron a la historia. Y, sin embargo, tal vez la revolución, para serlo, deba asentarse precisamente ahí.
El secuestro de los afectos y la sexualidad se construye a partir de un ideal romántico que tenemos totalmente naturalizado. Bombardeadas desde el nacimiento mismo a través de todos los cuentos infantiles, de todas las películas, de toda la música, de toda la literatura que no ha sabido poner en duda el modelo sino que se ha dedicado simplemente a narrar sus consecuencias: toda nuestra producción cultural está impreganda de monogamia, de patriarcado y de heteronormatividad. El amor y el desamor, que son lo mismo, al fin. La trama ultrasabida de chico encuentra a chica, flechazo, aparición de un tercer elemento en discordia, siempre en discordia, y dramón al canto. Y vamos naturalizando que el dramón es la única salida, la única respuesta, la única manera de vivir el amor.
Pero ese amor es una construcción totalmente interesada. Permitidme que rechace el término “amor romántico” y lo sustituya por “amores disney”. Introducir la palabra romántico nos lleva directamente a las imágenes de cenas con velitas y fines de semana revolcándonos frente a la estufa. Y en nuestros mundo nuevos, todas queremos velitas y revolcones. Tranquilas: el veneno no está ahí, sino en el siguiente paso, la transformación de eso en un “amor disney”.

Los amores disney
El amor disney es un amor eterno, único y exclusivo. Es el amor, mal que nos pese, del príncipe y la princesa, esa narración tramposa que acaba justo cuando empiezan los marrones: al llegar al palacio y ponerse a convivir. Caemos como moscas en la trampa y cuando recogemos los puentes levadizos para ponernos a vivir esa gran historia que nos han prometido nos encontramos con que el cuento no funciona. Y no sólo porque la vida es más larga que una peli de Hollywood sino porque, ¡maldición!, el amor no nos hace inmunes al amor. Y eso debería ser una buena noticia, porque un mundo de personas inmunes al amor aún sería un infierno peor que el que vivimos. Y sin embargo es una mala noticia porque entra en contradicción con eso que hemos aprendido a llamar amor. Nos enamoramos, amamos, y seguimos enamorándonos a nuestro pesar de otras personas, seguimos sintiendo el latigazo de la pasión, de los deseos,de la curiosidad, seguimos cruzándonos con seres que nos conmueven (conmover, ¡qué gran palabra!). Y es ahí donde somos secuestradas. Donde nos negamos, nos prohibimos sentir. O prohibimos a las demás que lo hagan.
Si un sistema semejante no ha explosionado por sí mismo es porque, como buena olla a presión, tiene válvulas de escape. Hay dos principales: la mentira (o las verdades a medias) y la desvinculación. La mentira, las verdades a medias, la conocemos: es la sempiterna infidelidad, sobrellevada de muy diversas maneras. Este apaño nos ayuda a vivir, sin duda, pero no hace más que alimentar el sistema, impidiéndonos plantarle cara. Mucho más nociva es la desvinculación: atender a nuestras pulsiones y pasiones negándonos el vínculo, convirtiendo a los seres con los que nos relacionamos en meros objetos de satisfacción. El usar y tirar. Es el capitalismo salvaje de los afectos. El amor libre, que nació como resistencia a la institución del matrimonio, se ha ido despolitizando para convertirse en una siembra de cadáveres emocional que tiene más que ver con una libertad neoliberal que con el amor. Con los amores.
¿Cómo imaginar el amar, fuera de este sistema de secuestro? Tal vez deberíamos empezar por definir el amor mismo. Es la primera pregunta que hago en los talleres #OccupyLove y las respuestas siempre son semejantes: el amor es felicidad, es plenitud, es generosidad, es complicidad, es buen sexo, es cariño, es comprensión, es cuidados. Si el amor es todo eso, estamos a un paso de cargarnos el sistema monógamo. Porque nada de eso lleva necesariamente a la monogamia. Ninguna de esas cualidades incluyen la exclusividad, la rabia, el dolor, la sospecha, la inseguridad, el control o la posesión. El amor es plenitud… el dolor y todo lo demás llega ante el temor de perder esa plenitud. Ante la amenaza.
La amenaza sí que es inherente a la monogamia, pues va de la mano de la exclusividad. En el sistema de pensamiento monógamo, los amores se excluyen los unos a los otros. Se sustituyen. Además, se jerarquizan los afectos, de manera que el amor único y sus derivados “naturales” (la pareja, la familia) tienen un estatus superior a otros afectos, como son la amistad. Y en la cúspide de esa jerarquía solo hay un único espacio. Si desmontamos la jerarquía y proponemos un esquema horizontal, donde los afectos no se jerarquicen y los amores no se sustituyan, la amenaza desaparece.

Redes frente a monopolios
Pensar el amor, los amores, desde un esquema de redes afectivas, unas redes que aspiren a ese rizoma deleuziano que proponía sustituir los árboles (¿genealógicos?) por los infinitos campos de patatas, cambia todo el planteamiento de nuestras vidas. Pensar los amores desde lo inclusivo nos lleva a pensar el mundo desde lo inclusivo. La diferencia desde lo inclusivo. Desde la convivencia. Desde la suma y no la resta. Desde la cooperación.
Amores en red. Políticas en red. Subversiones en red.
En un esquema así, no hay jerarquías: los núcleos afectivos cambian y varían de intensidad, de frecuencia, de potencia, pero todos están interconectados, todos se alimentan entre ellos. En las redes, los amores no son desechados ni sustituidos, sino que se transforman, cambian de lugar o de configuración como cambia la vida misma, pero siguen formando parte del conjunto, de lo que somos. Las personas, los amores de nuestras amadas, reales o potenciales, no son amenazas, ¿por qué habrían de serlo si no son llamadas a sustituirnos?
El amor, pensado así, se construye a cada paso. El amor no es el rayo que te parte, no es la flecha de cupido. Eso es la atracción. Una atracción que se puede convertir en infinitas maneras de relación. Y que descarga de la obligatoriedad y de la necesidad de ser “la mejor”. No hay contienda, no hay competición. No hay guerra.
Si somos capaces de crear esta propuesta desde nuestra parte más frágil, que son los afectos, trasladadarla a todos los demás aspectos de nuestra vida no debería ser tan complicado.
Parece una propuesta irreal, pero no lo es. Es tan real como lo fue cuestionarnos el género binario, salir del esquema dual y empezar a transitar otras formas de identidad en las que muchas, para nuestra sorpresa, nos hemos ido encontrando, descubriendo, deconstruyendo para descubrir lugares nuevos desde los que ser y estar. Es tan real como pararse un momento a pensar y volver a mirar de frente a nuestros afectos y a nuestros amores.